Por esta misma razón, este empeñar todas nuestras fuerzas implica estar empapados del espíritu de Cristo para emplear con generosidad los dones recibidos, para hacer el bien a todos, en todo tiempo y en todo lugar. Es gastar nuestro tiempo y nuestros bienes, e incluso nuestras fuerzas físicas, para rehacer el mundo en Cristo. Esto puede tener lugar en medio de muchos sacrificios, quizá incluso en circunstancias muy adversas, asediados por tentaciones y dolores profundos, pero siempre unidos a Cristo.
Convencidos de que no hay mejor programa que ofrecer al mundo que Jesucristo, el Verbo Encarnado, debemos usar todas nuestras fuerzas, sin escatimar medios ni esfuerzos, para evangelizar a todos los hombres lo mejor posible. Esto no debe llevarse a cabo de “manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, con profundidad, hasta las mismas raíces”[4], con “un enfoque pastoral incisivo, entusiasta y que no se limita a esperar”. Esto debe hacerse de tal modo que el Evangelio hunda sus raíces profundamente en la vida y la cultura de cada nación. Esta es nuestra misión dentro de la Iglesia como religiosos del Instituto del Verbo Encarnado.
Inculturar el Evangelio
La inculturación es una exigencia intrínseca a la evangelización, y no es otra cosa que la encarnación del mensaje divino en el corazón de la cultura.
En palabras de san Juan Pablo II, “la inculturación de la Buena Nueva cristiana consiste en hacer que el Evangelio hunda sus raíces en la vida y en la cultura para renovar la sociedad”.[5] Nuestro Directorio de Espiritualidad afirma que “la verdadera inculturación es desde dentro: consiste, en última instancia, en una renovación de la vida bajo el influjo de la gracia”,[6] por lo cual es imperativo “conocer y respetar el alma cultural de cada pueblo, su lengua y sus tradiciones, sus cualidades y valores”.[7]
Por lo tanto, “todo lo que se refiere al hombre, ya sea su cuerpo o su alma, tanto en su vida individual como social, puede y debe ser purificado y elevado con la gracia de Cristo, y, en consecuencia, podemos afirmar que todas las formas de actividad apostólica están en conformidad con nuestro fin específico, aunque de manera jerárquica”.[8] De aquí surge la gran variedad de obras apostólicas que podemos asumir y a las que nunca debemos renunciar.
San Juan Pablo II dijo: “Hoy la Iglesia debe afrontar nuevos desafíos a los que debe responder desde el Evangelio… Os exhorto a que vuestra predicación esté siempre inspirada en la Palabra de Dios, transmitida por la tradición y propuesta por la autoridad del Magisterio de la Iglesia. Hablad con valentía, predicad con fe profunda y alentando la esperanza, como testigos del Señor Resucitado. No os consideréis maestros al margen de Cristo, sino testigos y servidores que, como nos recuerdan las palabras del Pontifical Romano en la ordenación de los presbíteros, ‘creen lo que han leído, enseñan lo que han creído y practican lo que han enseñado'”.[9]
[1] Santo Tomás de Aquino, STh 2-2, 188, 4.
[2] 2 Cor 12, 15.
[3] San Juan Pablo II, Encuentro con sacerdotes, religiosos y laicos reunidos en la Catedral de Arezzo, 23 de mayo de 1993.
[4] Directorio de Evangelización de la Cultura, 74.
[5] San Juan Pablo II, A los sacerdotes, religiosos y demás agentes de pastoral de Luanda, 4 de junio de 1992.
[6] San Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de Zimbabue en la Visita Ad Limina, 2 de julio de 1988.
[7] San Juan Pablo II, A los sacerdotes, religiosos y demás agentes de pastoral de Luanda, 4 de junio de 1992.
[8] Directorio de Evangelización de la Cultura, 152.
[9] San Juan Pablo II, Misa para sacerdotes y religiosos de Santo Domingo, 10 de octubre de 1992; op. cit. Pontifical Romano, Rito de Ordenación de Presbíteros.